
La cuestión acerca del sujeto atraviesa de forma dramática la historia del pensamiento, de tal modo que se configura como uno de los “problemas” fundamentales con que toda teoría seria que pretenda dar cuenta del conocimiento y la cultura humana debe enfrentarse. La filosofía, en su afán de erigirse como rectora de los demás saberes, no ha podido permanecer ajena a esta cuestión. Tanto es así que lleva arrastrando una serie de escollos insalvables, de taras y malformaciones filosóficas precisamente por su incapacidad de dar respuesta de forma coherente y cabal a la pregunta por el sujeto.
Por su parte, la semiótica posestructuralista ha creído poder superar estos escollos simplemente arrojando al sujeto por la ventana, diciendo que el problema del sujeto no era en absoluto un problema. Que incluso hablar de sujeto es imposible. Puesto que si la cultura, como empresa comunitaria hacia la construcción del sentido, se manifiesta en forma de textos que remiten a otros textos, y así en una regresión infinita, no puede haber nada fuera del texto (Derrida, 1967). Si la semiosis fuera capaz de explicarse a sí misma en sus propios términos (Eco, 1979) y se configurara como una estructura abstracta no afectada por comportamientos comunicativos concretos, simplemente el sujeto no sería una instancia necesaria para explicar la acción de los signos.
La obra de Vincent M. Colapietro Peirce Approach to the Self: a Semiotic Perspective on Human Subjectivity se configura precisamente en esta doble dirección. Por un lado, pretende responder a quienes, basándose en la obra del filósofo americano Charles S. Peirce, suponen que el sujeto no tiene nada que ver con la semiosis. Por otro, nos sitúa en las condiciones adecuadas para una comprensión pragmatista del sujeto que nos permita superar las estrechas concepciones de la subjetividad heredadas del racionalismo cartesiano. Colapietro edifica así una interesante y rigurosa revisión de la cuestión del sujeto en la obra del padre de la Semiótica contemporánea para afirmar no sólo que el sujeto es algo necesario en el proceso semiótico, sino que en ningún caso se puede hablar de semiosis sin sujeto.
El autor, en diálogo con Peirce y con sus intérpretes (Buchler, Eco) nos invita a desplazar la atención de lo que ocurre dentro de una conciencia finita e individual hacia lo que ocurre entre seres sociales dentro de un marco común de experiencia y acción. La mente sería así una especie de semiosis. “Los signos no pueden ser explicados por referencia a alguna suerte de poder oculto e intrínsecamente privado, llamado mente; sino que la mente misma puede ser explicada en términos de ese proceso manifiesto e inherentemente intersubjetivo llamado semiosis”. Sólo así el yo podrá dejar de aparecer como esa especie de conciencia privada encerrada en un cuerpo para vislumbrarse como emergencia de la interacción con los otros. El sujeto se presentaría entonces como un fenómeno comunicativo, como fuente, proceso y producto de semiosis (pág. 47).
La propuesta de Colapietro nos permite superarlas clausuras sobre el yo de la modernidad, que conciben un sujeto aislado e incorpóreo como fundamento último del significado y la verdad, para abrazar una aproximación intersubetiva –y eminentemente comunicativa- en la que una COMUNIDAD humana funciona como la fuente fundamental de la verdad y el sentido (pág. 27).
En definitiva, el libro de Vincent Colapietro nos permite comprender más hondamente a Richard Rorty cuando dice que la cultura es, más que consenso, conversación; es decir, edificación conjunta y comunitaria de modos y formas de vivir.
Finalmente, no puedo resistirme a hacer una apreciación personal. Me parece esta una hermosísima forma de pensar, ya que tal vez entendiendo nuestra naturaleza como esencialmente comunicativa y social nos veamos impelidos a considerar al otro como parte constitutiva de nuestra propia individualidad; y a abandonar, por tanto, la ridícula concepción de que, bajo ningún concepto, los seres humanos podremos entendernos.
